¿Pero somos conscientes de su poder? Las palabras son físicas. Son como el viento: no se ven, pero las sentimos y nos tocan. Tienen un enorme poder emocional. Una palabra puede motivar, destruir, consolar, herir o animar. Podemos elegir qué palabras decir.
Con ellas podemos reemplazar un abrazo con un simple «te comprendo»; podemos restituir una relación con un «perdóname»; podemos alegrar el día con un «qué bella te ves».
¿Cuántas palabras positivas somos capaces de decir? La cantidad sí importa.
Recordemos esto cuando compartamos un café con nuestra madre, con amigas o amigos, aunque sea de manera virtual.
Que nuestras palabras acaricien.
