La crisis sanitaria provocada por la pandemia ha evidenciado la importancia de contar con una ciudadanía alfabetizada científicamente, capaz de comprender cómo funciona la ciencia y de tomar decisiones fundamentadas frente a situaciones complejas.
Fenómenos como la desinformación y la resistencia a la vacunación muestran la necesidad de fortalecer la comprensión pública de la ciencia y la capacidad de evaluar riesgos desde una perspectiva crítica y responsable.
Este escenario plantea interrogantes fundamentales sobre qué debemos enseñar y aprender en ciencias, así como también cuáles son las prioridades que la educación científica debe promover en las escuelas.
Las políticas centradas exclusivamente en indicadores estandarizados, currículos sobrecargados y mecanismos de clasificación de establecimientos parecen insuficientes para responder a las necesidades actuales de la ciudadanía.
La educación científica requiere ser comprendida dentro de un contexto social, político y económico más amplio. Si las y los estudiantes egresan sin comprender cómo se construye el conocimiento científico y basan sus decisiones únicamente en información proveniente de redes sociales, resulta indispensable replantear las formas de alfabetización científica que se promueven en las escuelas.
En este desafío, las y los profesores de ciencias tienen un papel fundamental. La enseñanza requiere ser reconstruida desde una perspectiva conectada con el territorio, las problemáticas locales y las necesidades de las comunidades.
La sociedad del siglo XXI demanda nuevos enfoques educativos que permitan a las y los estudiantes comprender el valor de la ciencia y participar de manera informada y responsable en la toma de decisiones frente a los desafíos contemporáneos.
